Urbanismo para vivos y muertos

Nov 3 • Arquitectura, Colaboraciones • 1919 Views • No hay comentarios en Urbanismo para vivos y muertos

En estos primeros días de noviembre, las conmemoraciones de Todos los Santos y Difuntos constituyen una buena excusa para hacer una pequeña reflexión sobre la arquitecturas relacionadas con la muerte en nuestros entornos urbanos.

Dejando a un lado los hospitales y los templos de las distintas confesiones religiosas, las tipologías más claramente vinculadas con el final de la vida son los tanatorios y los cementerios, con las distintas combinaciones posibles entre todos ellos.

Los tanatorios son algo relativamente reciente en cuanto edificio destinado exclusivamente y de manera habitual al velatorio de los muertos. De todos es sabido que hasta hace bien poco esos momentos tan importantes se pasaban en la casa propia del fallecido, y que la evolución social los fue trasladando fuera del recinto familiar, hacia lugares específicos para esa función.

La generalización de los tanatorios, sobre todo en las ciudades, ha estado asociada al crecimiento de las actividades empresariales vinculadas a la muerte. Así, no resulta extraño que una misma empresa se ocupe de todo el proceso que sigue al fallecimiento de una persona: preparación del cadáver, sala de velatorio, incineración y traslado al cementerio, que incluso puede ser propiedad de la misma entidad, ejerciendo así una actividad inmobiliaria. No hace mucho, visitando en Madrid una Feria de empresas que vendían terrenos y viviendas en Ecuador, dirigida fundamentalmente a inmigrantes procedentes de ese país que trabajan en España, me quedé sorprendido ante la oferta de un par de stands, que vendían, con sugerentes titulares, una tumba en la tierra natal.
De todas formas la mayor parte de los cementerios siguen siendo públicos o de la Iglesia. Son los cementerios “de toda la vida”. Algunos enormes, como el de La Almudena, de Madrid. Hay estimaciones que hablan de un millón y medio de personas enterradas en él.

Constituyen grandísimas extensiones de suelo, en muchos casos envidiablemente situadas en la ciudad, pero que difícilmente serán tocadas para su urbanización. Paradójicamente se respetan más los derechos de los muertos que los de las personas de este mundo incluidas en expedientes de expropiación, en una variedad de casos que seguramente cualquiera de nosotros conoce.

Con los años, como sucede con las ciudades de los vivos, la presión urbanística ha hecho que en los cementerios se haya pasado de enterrar a los difuntos en la tierra a hacerlo en altura, en bloques de nichos. En general el diseño de las ampliaciones recientes o de los nuevos cementerios no ha sido especialmente lucido, oscilando entre el almacenamiento funcional y la imaginería recargada. Aún así existen ejemplos conocidos de cementerios con intenciones de diseño contemporáneo.

Citaremos un par de casos españoles de los últimos años, ilustrados con fotografías. El primero es el cementerio de Villamuriel de Cerrato (Palencia), proyectado por los arquitectos Gabriel Gallegos y Juan Carlos Sanz, que se caracteriza por sus muros de hormigón y por la relación con el paisaje.

El siguiente ejemplo, en Santiago de Compostela, es bien distinto, puesto que se trata de algo así como de la “desamortización” de un antiguo cementerio. Efectivamente, el camposanto del Convento de Santo Domingo acabó incluido como un espacio más del nuevo parque de Bonaval, relacionado con el Centro Gallego de Arte Contemporáneo diseñado por Álvaro Siza. El espacio de parque que queda acotado por los antiguos nichos, blancos, sin ningún tipo de inscripción ni referencia a sus antiguos moradores, resulta desconcertante. El último ejemplo (en portada) ha sido bastante premiado. Hablo del cementerio de Finisterre (A Coruña), obra del estudio de César Portela. Se trata de unos volúmenes contundentes colocados en una ladera frente al mar, próximos al famoso cabo, el más occidental de España. Lo curioso es que los vecinos no lo han premiado precisamente, más bien lo consideran feo e incómodo. El cementerio es visitado por turistas, sobre todo relacionados con el mundo de la arquitectura, pero no por familiares de fallecidos, sencillamente porque no hay entierros. De esta forma se ha llegado a una situación igual de sorprendente que la del típico camposanto abandonado: un cementerio lleno de maleza, pero en este caso sin estrenar, como salido del cuento de un pueblo en el que la gente no se moría, quizás renovando periódicamente un pacto con el diablo, mientras las tumbas esperan pacientemente.

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