Yo soy de los que llorarían

Mar 11 •

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CHANTAL MAILLARD* : Me gustaría poder felicitarnos. Me gustaría poder pensar que en Málaga somos de verdad "ciudadanos", es decir, personas que no sólo se sienten pertenecer a una ciudad, sino que también entienden que esa ciudad les pertenece al modo en que nos pertenecen los seres y las cosas que amamos, sintiéndonos responsables de ellos. Pero algo nos ha quedado, sin duda, en el Sur, del viejo servilismo, del espíritu sumiso y resignado de quienes entendían que ellos nada tenían que ver con quienes les sometían y gobernaban. El cacique, ahora, es el político, o así queremos que sea porque es más cómodo. Delegamos nuestra responsabilidad con el voto o el silencio.

El mundo lo hacen otros, y a la pregunta por aquello que queremos habitar no respondemos, no somos responsables. Culpamos al "Sistema", eso sí, una de esas grandes palabras bajo las que escondemos la desidia.
Pero resulta que el político, el polités: el ciudadano somos nosotros, y quienes nos gobiernan lo harían con más cuidado, con más tiento y esmero si se lo recordásemos alguna vez. Y ahora es buen momento, porque el proyecto de "reforma" de los Baños del Carmen está a nuestra disposición, en su período informativo, en la Demarcación de Costas (Pº de la Farola, 12). Es este el período en el que podemos hacer alegaciones, o sea, que podemos manifestarnos, que podemos aportar nuestras sugerencias, y también el período en el que podemos hacer alegaciones aportando sugerencias.

Yo soy de los que llorarían -y tiemblo al pensar que así será- si aquel lugar desapareciese o si, al abrirse por el este y el oeste, perdiese aquel encanto que le hace tan especial. Soy de los que llorarían como cuando algo muy preciado y muy tuyo se pierde. Mientras convalecía de una enfermedad que me dejó sin poder casi caminar, me acercaba con mis pasos endebles al bosque de eucaliptos, y el olor curativo de esos árboles me hacía pensar que era posible seguir viviendo. Allí descubrí que podía mover mi espalda más de lo que creía al intentar sacar la cabeza de un hermoso y enloquecido gato negro de una lata de conserva en la que se había encajado; el animal corría despavorido, chocaba contra los troncos de los árboles y contra todo; conseguí liberarlo con la ayuda de un amigo, y pensé que la vida seguía valiendo la pena. Soy de los muchos que, al sentarse entre aquellas columnas vetustas a la puesta de sol, han sentido que la paz era algo tangible. Es aquel uno de esos pocos lugares en los que la luz se corporeiza, en los que comprendemos, sin hablar, sin pensar, que no es correcta la disociación entre cuerpo y espíritu porque, a veces, los cuerpos se transparentan y el espíritu se encarna.

Y también soy de aquellos que al mirar la extensión de rocas pequeñas entre las que el mar juega y que es el refugio de cangrejos y otros animales secretos recuerdan cómo eran, hace mucho tiempo, las playas de nuestras costas, cuando aún las grandes estrellas de mar venían a morir en sus orillas. No quiero creer que queramos y consintamos que el único trocito de playa genuino que nos queda se convierta en otra piscina más, de esas a las que generosamente llamamos "calitas".

La solución proyectada pretende "recuperar un espacio que forma parte de la memoria colectiva". ¿Qué se entiende por "recuperar"? "Rescatar", "redimir", "reconquistar", "salvar", "liberar" son los sinónimos prescritos por el diccionario. No eran otros los empleados por colonizadores y conquistadores para legitimar sus salvajismos. ¿En nombre de qué han de redimirse los Baños del Carmen? ¿De qué -¡o de quiénes!- se supone hay que salvarlos? El "espacio público" que nos presentan es un parque con palmeras (¡más palmeras!), con kioscos y accesos pavimentados para el acceso de vehículos de abastecimiento, abierto de par en par, a la vista, esa visibilidad que fue uno de los grandes principios de los arquitectos que diseñaron las ciudades fascistas: todo abierto, sin trabas, sin obstáculos, para que el enemigo (el enemigo siempre somos nosotros) no pudiese ocultarse. Ordenar, higienizar: suprimir (¿cuántos eucaliptos serán "desarraigados" para hacerle sitio al jardín mediterráneo?) para controlar era la norma, a la que se suma ahora, acorde con la economía de mercado, la de diseñar conforme a los fines prácticos. El valor de lo recóndito, de lo natural, que tan bien se conocía antiguamente en Japón, el valor de lo que no es económicamente rentable pero que nos acoge no es apreciable en nuestra sociedad. Tampoco lo que envejece. Todo lo viejo ha de reemplazarse, aunque siga cumpliendo su función. Tal es el miedo que le tenemos a los síntomas de la desaparición, cualquiera que éstos sean. Los ancianos, confinados; todo lo viejo, lo agrietado, lo que naturalmente se inclina o pierde su tranquilizadora simetría, renovado.

La memoria que se pretende "recuperar", en realidad, se construirá. Porque ésa, la que quedará reducida a unos pocos vestigios bien limpios y bien situados, no es la memoria de todos, sino la que se ofrecerá a los que han de venir y no tendrán, de todo ello, recuerdo alguno. Al conservarla, la destruirán. Porque la memoria de verdad es algo vivo, algo que sigue viviendo con nosotros y, actualmente, la memoria del Balneario está viva porque quienes pisan ahora sus losas y aman y respetan cada una de sus columnas disímiles no pasan por allí sino que vienen allí y venir-a, o ir-a, a diferencia de pasar, es un movimiento del espíritu. Por un Paseo marítimo se pasa o se pasea, pero al Balneario se viene; su memoria, la seguimos haciendo entre todos.

Cuando pienso en el Balneario, hay una imagen que siempre acude a mi mente, la de una pieza de mármol blanco hexagonal, el brocal de un pozo, o tal vez una pila bautismal por el cordero pascual que, en alto relieve, orna uno de sus laterales. Dentro de ella, ha crecido un drago. Tan fuertes se hicieron sus raíces que han partido en dos la pieza de mármol sin por eso dejar de aguantar sus dos mitades. Raíces que a la vez quiebran y mantienen. Desde que la vi me pareció ésta una gran metáfora: la fuerza natural germinando y creciendo en el pozo de vida, pila bautismal o pozo, quebrando y sosteniendo, a un tiempo, lo que le ha dado vida y cobijo. Pero también es metáfora de la naturaleza que exige y recupera sus lugares asolados o conquistados por las ideologías y sus secuelas. ¿Cuál es la ideología que sustenta la necesidad de las plataformas veraniegas? Y cuando todos los lugares se parezcan, cuando todo nuestro entorno sea el resultado de la clonación de una postal exótica, ¿qué tendrá Málaga de especial? ¿Qué cantarán sus poetas?

Pero han de perdonarme: estoy hablando por todos, dando por hecho que a todos los malagueños les importa que los Baños del Carmen sigan conservando su espíritu. Es cierto, puede que muchos prefieran tener un chiringuito más, y si tiene columnas, por Dios que no estén rotas, y que esté todo limpio, solado y sin tierra, para que el niño no se ensucie. Ah, y que no se olviden del letrero que nos oriente o nos advierta que ésta es una "Playa natural"? Pero sabéis al igual que yo que no sólo las personas hacen los lugares, que también los lugares hacen a las personas, y que si ofrecemos lugares especiales, lugares de verdad, no parques temáticos, ni espacios de diseño refractarios donde nunca habitará el espíritu del mundo, ofreceremos también la posibilidad de que entre todos seamos personas de verdad y no un público anónimo afecto a escenarios de postal veraniega y al consumo de todo cuanto, porque deja insatisfecho, responde a la estrategia del Mercado.



* Chantal Maillard es doctora en Filosofía y Premio Nacional de Poesía






* La Opinión de Málaga - 02 de marzo de 2008


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