Smart city: la utopía obsoleta

Abr 27 •

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El declive de la civilización milenaria europea ante el avance norteamericano, y posteriormente asiático, ha supuesto una grave crisis para el Urbanismo ideal que durante tantos siglos se fue construyendo paso a paso. Al menos desde los tiempos de la Grecia clásica una serie de escritos y realizaciones fueron sirviendo de base para una cultura avanzada también en la Ordenación del Territorio. Pero llegados al siglo pasado parece que un tsunami haya acabado con la relación de los humanos con su entorno hasta el punto de hacerlo desaparecer casi por completo, como ocurre hoy en día. Los interminables suburbios y las gigantescas urbanizaciones aleatorias, movidas solo por el afán de lucro del capital, han sido una terrible desgracia para las condiciones y la calidad de vida en buena parte del planeta. Actualmente pocas utopías permanecen en el horizonte del auténtico Urbanismo perdido.
"J.M.DE LA VIÑA* : Smart city. Arcaico eufemismo anglosajón que dejó de desarrollarse hace casi un siglo, cuando los americanos promovieron el urbanismo deslavazado y los europeos copiaron tal aberración, que hizo furor en la España delirante de la corrupción ladrillera que se resiste a finalizar, de adosados espantosos aliñados en excelsa puerilidad consultora y bancaria. Ya no se diseñan ciudades inteligentes: se desparraman. Ya no se construyen edificios: se escupen todos iguales, de diseño famélico y anodino, que las curvas ya no se llevan. Ya no se erigen plazas armoniosas y ajardinadas: se colocan losetas una al lado de la otra encima de un agujero tenebroso y profundo.

Se extiende la contaminante urbanización salvaje sin proveerla de urbanismo, sin ninguna lógica ni control al albur de la ley de la selva, al arbitrio del más corrupto. Finalizará el proceso el día en que no quede ningún resquicio por invadir ni ninguna huerta por enladrillar.
Europa abandonó hace ya tiempo su modelo urbanístico milenario que fue bello, eficaz, sostenible y cómodo en su sencillez conceptual: la ciudad mediterránea, encalada unas veces, modelada en eficiente y blando adobe otras, a menudo tallada en dura piedra como la que rige demasiadas mentes arquitectónicas que se dicen eminentes.

Ha convertido sus maravillosos centros históricos en simples parques temáticos para el turista y el visitante, eliminando los cuarterones. En caros lugares rellenos de oficinas sin gracia ni vida una vez despojados de alma sus modernísimos interiores open space, o convertidos los vestigios de sus grandiosos edificios antiguos en reductos elitistas de “diseño” para asilvestrados nuevos ricos y algún que otro agraciado forrado de dinero.

Desde la antigüedad hasta no hace mucho, la sabiduría urbanística y arquitectónica se adaptaba por necesidad al entorno, al clima y los materiales que tenían a mano. Los recursos disponibles eran limitados. La energía era un bien escaso y renovable, pura tracción animal la que no era biomasa.

Tales constricciones estimularon por necesidad la originalidad y el pensamiento, la imaginación, la belleza y el arte. Cada zona o territorio desarrolló su propio estilo, sublimado en lugares grandiosos como la Ciudad Prohibida de Pekín o la Alhambra de Granada. Ejemplos opuestos de lo que puede dar de sí la imaginación y un buen oficio cuando se utilizan materiales de pobre y toneladas de buen hacer.

La ingeniería utilizada para erigir la grandiosa cúpula de Brunelleschi, por ejemplo, continúa asombrando después de tantos siglos. ¿Cuántos arquitectos de hoy serían capaces de diseñar nada mínimamente similar en sabiduría y belleza con la eficacia energética, la minuciosidad y el detalle que se merece?

El milagro no estaba en el resultado, sino en la maestría con la que fueron ejecutadas tales joyas teniendo en cuenta las limitaciones de la época. Ya no se construyen tales maravillas. La abundancia y la diversidad de materiales sofisticados, la abundancia de energía barata ha fomentado la vagancia intelectual que impide utilizarlos con sabiduría, eficiencia y racionalidad sea esta formal o caótica.

Hoy se plantifica idéntico rascacielos en Oslo o en Dubai, en Chicago o en Río de Janeiro, en Barcelona o en Londres. Da igual el clima, la orografía o la orientación. Se aumenta la potencia de los sistemas de climatización y asunto arreglado.

En muchos países del Golfo Pérsico la climatización supone la mitad del consumo energético. Un exceso que volverá moribundas a tales ciudades cuando su petróleo deje de manar y ya no lo puedan pagar, dentro de no demasiados años, si antes no las engulle el cambio climático o el aumento del nivel de los mares.

¿Cómo denominar el estilo homogéneo y vulgar que embrutece cualquier ristra de adosados o rascacielos acristalado que aplasta la sensibilidad, como cualquiera de los cuatro pirulís que abochornan Madrid y lo convierten en horrible amago de ciudad supuestamente moderna?

Es bien conocido el caso del sobrevalorado arquitecto que atiende al nombre de Frank Gehry. Construyó dos edificios casi idénticos, el uno en Bilbao, el otro en Los Angeles. Mientras el de aquí es vistoso por fuera y anodino por dentro, el de allí no se como es por dentro pero por fuera es una auténtica aberración en vista del clima local. Que se lo digan a los que viven cerca.

La radiación solar no es la misma en ambos lugares, los reflejos que produce el metal son de muy diferente intensidad. El aumento de la temperatura circundante que provoca es tolerable en Bilbao pero inadecuado en California. Allí el sol luce más. Obligó a rediseñar paneles para atemperar los fenómenos perniciosos incrementando la cuenta.

¿Por qué no se diseñan los edificios adecuándolos al entorno? Calatrava es otro buen exponente de diseños arquitectónicos presuntamente defectuosos y torpes en vista de los litigios que acumula y los trencadís que pugnan por atracar la cuenta corriente de los ciudadanos una vez cobrados unos honorarios desproporcionados e injustos. No hay más que visitar alguno de ellos para comprobar sus múltiples desperfectos, como el terriblemente defectuoso aeropuerto de Bilbao.

Antiguamente tales chapuzas no se solían producir ya que los mecenas, fuesen papas, reyes o emperadores no lo permitían: mandaban a la cárcel o a la hoguera al susodicho sin contemplaciones. Solían ser gentes de elevada sensibilidad artística y gran cultura a los que era difícil engañar, a pesar de sus muchas carencias y de su crueldad.

Hoy tales mecenas son mediocres políticos sin ninguna trayectoria ni acervo cultural o educativo que apenas saben hacer la “o” con un canuto. Les importa un bledo el dinero que gastan. Demasiados arquitectos estrella se aprovechan de ello, siendo aplaudidos por cohortes de fans fashion, de ilusos que se asombran por cualquier juego de artificio mediocre y flojo, y por una parafernalia mediática desmedida y atontada que ríe las carísimas gracias.

Alejandro Magno, su arquitecto Dinócrates de Rodas en su nombre, trazó Alejandría con tiralíneas siguiendo el plan hipodámico, el mismo que utilizó el centralista Ildefonso Cerdá para diseñar la Barcelona moderna, luego modernista, a pesar de las reticencias de la oposición local de entonces, su ayuntamiento retrógrado que continúa comportándose de igual manera, afianzado por la pacata burguesía provinciana que se las daba de moderna y avanzada mientras propugnaba un cerril urbanismo medieval, la misma que hoy pugna por echarse al monte, renegando de su seny tradicional.

Fue una imposición centralista y denostada entonces de la cual hoy todos se apropian y enorgullecen, hasta los paisanos que se opusieron, cuyos herederos insisten en cercenar la convivencia mientras sus fuerzas vivas excluyentes armadas de la triste concupiscencia que se ha reencarnado en deriva absolutista, continúan con idéntica cerrazón ideológica y mental. No hace falta que den las gracias.

El grandioso París que nos sigue asombrando lo diseñó, con parecida oposición, el barón Haussmann siguiendo la griegas pautas, igual que fue pergeñado el Barrio de Salamanca en Madrid mediante clásicas inspiraciones, la Gran Vía o incluso la decepcionante Ciudad Lineal. Le proporcionó gloria y la baronía al funcionario, pero le costó el puesto cuando los parisinos se hartaron, para luego elevarlo a los altares.

¿Quién no querría vivir en el centro de París aunque su cielo no sea tan azul como el del viejo Madrid castizo y entrañable del que apenas quedan vestigios, cuando la contaminación apenas se atisbaba y los tranvías lo abarrotaban? La botella municipal no sigue medio vacía, nunca estuvo medio llena.

Cruzando el charco, las ciudades norteamericanas más emblemáticas, grandiosas y sostenibles como la igualmente cuadriculada Nueva York o San Francisco son excepción y no la norma en EE.UU. ¿Es Nueva York una ciudad estadounidense? O quizás lo es más cualquier metrópoli extensa del Medio Oeste, todas igual de incómodas, derrochadoras, ineficientes y con fecha de caducidad. Detroit parece querer ser la primera.

Antiguamente las ciudades se proveían de las huertas circundantes, importando solo aquellos alimentos que eran incapaces de producir. Tales vergeles yacen hoy bajo el cemento. Volverán a ser necesarios el día en que la economía fundamental se implante, cuando la adaptación al cambio climático y la lucha por su mitigación obliguen a aplicar la ciencia de la escasez, a limitar drásticamente los transportes innecesarios, las emisiones y el consumo energético con ellos, con el fin de que las energías renovables se dediquen a usos imprescindibles y no suntuarios.

Cuando llegue ese día, la supuesta obsolescencia clásica cotizará de nuevo al alza mientras que la rabiosa modernidad de arrabal, arrasado mediante urbanizaciones vulgares y ristras de adosados uniformes y canallas se habrá quedado obsoleta nada más terminar.

Queda pendiente de reurbanizar las monstruosas conurbaciones actuales, aplicando verdadera INNOVACION mediante criterios sostenibles que permitan afrontar el futuro con optimismo, como Haussmann y Cerdá propugnaron y lograron a mucha menor escala. Caótico el brainstorming de hoy a la altura de la arquitectura clónica que se sigue erigiendo y del urbanismo que dejó de desarrollarse. Le he dedicado la misma profundidad que cualquier arquitecto estelar a proyectos supuestamente sublimes que incrementan de manera suicida el derroche energético, las emisiones, la contaminación y la pérdida de biodiversidad. Lo siento.

*José M. de la Viña, Dr. Ingeniero Naval



* El Confidencial - Opinión - 8.4.14
Foto: Buenos Aires, zona norte - skycrapercity

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