Retorno a Valdeleches

Jul 10 •

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MONCHO ALPUENTE* : Haciendo de la necesidad virtud y poniendo al mal tiempo buena cara, comunicó don Roberto Mendicutre a su nutrida tribu la inamovible decisión de sustituir este año las tradicionales vacaciones de playa, apartamento y chiringuito por un periodo equivalente en la casa natal de sus ancestros, ubicada en Valdeleches del Pichuérniga, en el rústico y salutífero entorno de la sierra madrileña del Guadarrama, y adujo en su defensa múltiples y variadas razones que, si bien no llegaron a convencer a los suyos, fueron aceptadas como inevitables.

Por el tono rotundo de su declaración, dedujeron su afligida esposa y sus desconsolados vástagos que se trataba de una política de hechos consumados, pues, sin previo aviso y solapadamente, el cabeza de familia no había reservado esta vez con antelación el apartamento 432 B de la urbanización Costa Nostra en La Manga del Mar Menor.

En su declaración ante el consejo tribal, don Roberto obvió la razón primordial de su cambio de planes, que, como sospechaban los suyos, se debía a la perversa coyuntura económica de las finanzas familiares, enmarcada en el contexto general de una crisis tres veces negada por las autoridades y otras tantas confirmada por las cifras desnudas de su presupuesto.

El cabeza de familia, en una maniobra táctica de distracción que no pasó desapercibida, prefirió citar algunos de los inconvenientes acumulados en los últimos periodos vacacionales pasados en aquel lugar de La Manga de cuyo nombre prefería no acordarse y trajo a colación las irritantes plagas de medusas que en los últimos tres años habían impedido el baño en la playa y causado en dos ocasiones molestas lesiones cutáneas a los dos hijos menores. Se refirió también a los nocivos efectos del cambio climático que habían perturbado los últimos días de su asueto el año anterior con fortísimas tormentas, luego tuvo unas palabras sobre el deterioro de la capa de ozono y los peligros de una demorada exposición al sol y terminó su exposición con algunas consideraciones generales sobre los fallos del aire acondicionado, los decibelios generados por la discoteca de la urbanización y sus botellones a la intemperie, sin olvidarse de maldecir a los motoristas adolescentes por sus estruendosas exhibiciones nocturnas.

Al dantesco panorama desplegado con tan dramáticos tintes contrapuso don Roberto Mendicutre la idílica visión de unas vacaciones en contacto con la naturaleza indómita y serrana practicando el turismo rural, familiar y ecológico, respirando el aroma de los pinos y deleitándose con la salmodia de las cigarras y los grillos, ejercitándose en el sano senderismo en las estribaciones del Cabezo Bolo (765 m) y refrescándose en las umbrías pozas del arroyo Carbonero. Rústicos y frugales placeres que el cabeza de familia había experimentado durante su infancia y adolescencia en el pueblo de sus padres.

Vencidos pero no convencidos partieron los Mendicutre a su refugio campestre, quitaron las telarañas y airearon la morada familiar, alquilada en mejores años a veraneantes menos favorecidos. Abrió con gran aparato don Roberto la gran ventana del dormitorio principal y se dispuso a mostrar a los miembros de su cariacontecida tribu los principales alicientes paisajísticos de la zona. En los últimos años, hubo de reconocer el patriarca, se habían producido sustanciales cambios en el panorama que alcanzaba su vista: una muralla de chalets adosados borraba la visión del pinar de Mendruguillos después de haber borrado también el pinar. A la entrada del sendero de montaña que ascendía al Cabezo Bolo, un cartel anunciaba el acceso a un circuito de moto cross y donde antaño se hallaba la dehesa del Tío Pereje se erguía la aerodinámica mole de un flamante centro comercial con aparcamiento para 500 vehículos.

Con el rostro demudado, volvióse Mendicutre hacia los suyos, profirió maldiciones, ensartó denuestos contra el desalmado urbanismo y balbució tan torpes como innecesarias excusas. Innecesarias porque en los semblantes de sus retoños no se percibía la decepción, sino la euforia de hallarse en terreno conocido, en un lugar donde podrían prolongar la satisfactoria rutina de sus días ciudadanos, días de cine y palomitas, de comidas rápidas y compras aceleradas en las mismas tiendas franquiciadas. "Seguramente tendrán un spa", dijo su cónyuge, reacia de antemano a refrescarse en las pozas del arroyo Carbonero. "El año que viene nos quedamos en casa", concluyó don Roberto y cerró la ventana.





* ELPAIS.com - Opinión - 09/07/2008

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