Los saberes y los medios de producción

May 12 •

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Esta entrada es la segunda de una serie de artículos escritos por Eduardo Serrano en colaboración con Alicia Carrió, a excepción del primero. Los textos originales fueron escritos entre octubre de 2013 y marzo de 2014, pero han sido adaptados y revisados por Eduardo antes de su publicación en este blog. Pondremos los links de los artículos publicados anteriormente al final del texto presente.

Los artículos están dirigidos a suscitar una reflexión sobre el papel de la arquitectura en el momento presente, tanto en el ámbito profesional como el académico (aunque abierto a la participación de cualquier persona). La hipótesis de partida de la serie es que nuestra crisis es mucho más que un desplome, más o menos coyuntural, del trabajo profesional. Pero a eso se añade una componente de subjetividad enferma, pues nuestra impotencia también se debe a que actuamos como si salir de esto dependiera exclusivamente de nosotros mismos.

Lo que los autores pretenden, es empezar a explorar cómo hemos llegado a la situación actual, en que el «nosotros» está siendo abolido en favor de una suma de «yoes». No sólo quiénes somos colegas de profesión, y esto es decisivo, también se trata de un «nosotros» que incluye a quienes son destinatarios de nuestro trabajo, supuestos habitantes de los espacios arquitectónicos. Y más aún: los ladrillos, los barriles de petróleo, los conocimientos, las ideas, los deseos, ahora reducidos a elementos, átomos dispersos que flotan separados unos de otros, siendo el capital lo único que nos conecta.



Los saberes y los medios de producción
Por Eduardo Serrano y Alicia Carrió


En el texto anterior se propuso una triple función mediadora por parte de los arquitectos (que con las debidas adaptaciones puede predicarse de muchos profesionales universitarios):

1) Entre conocimientos específicos (teoría) y construcción del espacio habitable (práctica).
2) Entre objetivos particulares del promotor y el interés general tutelado por el Estado.
3) Entre necesidades de la gente, en cuanto el habitar, y los espacios adecuados a ello.

Las tres mediaciones se remiten y refuerzan entre ellas, legitimando fuertemente el concreto poder de nuestra profesión y constituyéndonos como expertos frente a los demás miembros de la sociedad, con un poder cierto sobre aspectos importantes de su vida. Éso ha durado mientras: 1) los saberes de los arquitectos, adquiridos a lo largo de una prolongada formación estuvieran fuera del alcance de otros agentes; 2) hubiera una institución que velara, al menos nominalmente, por su correcto ejercicio por parte de profesionales con títulos debidamente homologados; y 3) los arquitectos fueran capaces de enunciar la constelación de conceptos asociados al término habitar, de modo que tuviera pleno sentido para la mayoría de la población.

Pero esto está acabando, y ahora lo veremos referido a la primera de estas funciones de mediación, la relativa a los saberes. Ahora expondré algunas ideas generales y en la siguiente entrega lo concerniente a la arquitectura. 



El proceso que ahora nos alcanza es parte de una larga evolución que empezó con la introducción de maquinaria en las labores más sencillas y con gasto intenso de energía. En tareas menos simples la segmentación del trabajo de los obreros en operaciones elementales, de tipo meramente reproductivo, facilitó su sustitución por nuevos mecanismos. La automatización de áreas de producción cada vez más complejas permitió prescindir de los operarios especializados con elevados sueldos, así como una implacable competencia a los artesanos que acarreó su destrucción económica y social. Todo ello culmina a finales del siglo XIX cuando F. W. Taylor propone su exhaustiva sistematización mediante la observación y replicación de las destrezas de los operarios, que así se convierten en colaboradores involuntarios de su propia ruina al proporcionar la información necesaria para construir las máquinas (materiales e inamteriales) que les sustituirían. El resultado fue el estrechamiento de los márgenes de discrecionalidad de los obreros y la consiguiente marginación de la creatividad autónoma. En cualquier caso una pérdida inconmensurable, ya denunciada desde mediados de dicho siglo por gente como J. Ruskin y W. Morris.

El caso es que la creatividad, aparte de suponer un regalo para sus destinatarios, es una garantía de autonomía personal, tanto laboral, por detentar una capacidad no capturable por un poder externo, como subjetiva (dando sentido a la propia vida, pues el regalo también se lo hace uno a sí mismo). Pero la reatividad exige ciertas condiciones no subjetivas para desplegarse, que en su mayor parte no controlan los individuos. 

Desde el momento en que los conocimientos, las habilidades, el saber hacer son objetivados, pueden ser reproducidos y acumulados por agentes diferentes a sus poseedores originarios (aunque estos no los pierdan). Por eso es posible considerarlos como un medio de producción, el más íntimo y preciado de los trabajadores, aunque de una condición diferente a los demás instrumentos. Ya no puede hablarse de desposesión, sino de transferencia de valiosa información que se recodifica para formar parte de los diseños técnicos que posibilitan la fabricación de los medios de producción convencionales.

Entre los beneficiarios de este proceso de formación de nuevos saberes, en parte gracias al proceso brevemente expuesto, han estado los profesionales superiores, sobre todo los técnicos, que han ido diseñando y poniendo en práctica los mecanismos sustitutorios del trabajo humano. Su trabajo «white-collar» se realiza en un nivel (que responde a la pregunta ¿cómo se hace?) situado por encima de la producción física (¿qué se hace?). Pero ahora esta onda de sustitución de trabajo humano también les afecta, así como a crecientes áreas de trabajo intelectual, resultando que sus prácticas están siendo codificadas, protocolizadas, homologadas, en gran medida por ellos mismos, con una pareja pérdida de iniciativa y control del oficio. A destacar que la acelerada fragmentación en especialidades con sus correspondientes títulos facilita extraordinariamente el sometimiento de los profesionales (por encapsulamiento social), y socava la consistencia interna de las disciplinas afectadas (por ensimismamiento y olvido de las referencias contextuales que dotan de sentido a cualquier disciplina).



Y finalmente llega a la Universidad, cuando la investigación, la actividad que para cada profesión supone la producción y reproducción de su propio saber, empieza a estar sometida a la misma presión normalizadora y es puesta al servicio de finalidades que dictamina la economía empresarial.

Al tener los trabajos de investigación un valor añadido muy superior a los de rango inferior (según la regla del Notario las actividades con mayor valor añadido son las que menos energía consumen: los honorarios del notario son desproporcionados en relación con los del albañil... o del arquitecto), es decir, respecto la rutina profesional de la aplicación práctica de los saberes, es máximo el interés de las empresas en captarlos (entre otras astucias mediante las patentes). En este proceso se corre el riesgo de que la universidad ponga los medios humanos y materiales, y que los resultados sean transferidos a las empresas, que hacen de ese bien común producido socialmente una mercancía monopolizada

Así como la generalización de las máquinas energéticas es un dato fundamental respecto la desaparición del control de los operarios sobre su propio trabajo en nuestro contexto histórico, cabe preguntar si la irrupción de las máquinas informacionales contribuyen al mismo proceso en las profesiones superiores. La respuesta es ambigua y compleja; por referirse a una de las cuestiones: por una parte los equipos informáticos son mucho más accesibles que las herramientas clásicas. Pero a la vez han contribuido a que los ritmos de los trabajos concretos y de la innovación tecnológica se hayan acelerado increíblemente, imponiendo un elevado estrés a todo trabajador por muy autónomo que sea. La razón de esto se llama competitividad y será tema a explorar próximamente, cuando hablemos de la tecnología cuyo objeto es la (inter)mediación social.

Textos anteriores: 
- Los arquitectos y la alienación del habitar


Eduardo Serrano, doctor arquitecto. Hasta su jubilación ha trabajado principalmente en proyectos de autoconstrucción, planificación urbanística, gestión municipal y proyectos de espacios urbanos. Cofundador del colectivo Rizoma, desde 1994, y de RizomaFundación, constituida en el año 2007. Ahora dedicado a investigar la relación entre el medioconstruido y sus habitantes, lo que expresa el concepto de territorio, y su actual crisis, con un enfoque a la vez analítico y propositivo.

Créditos de imágenes:
Imagen 01: Ilustración Nobrow 9 de Tom Haugomat - (fuente: http://tomhaugomat.tumblr.com/)
Imagen 02: Tiempos modernos de Charles Chaplin (fuente: https://chaplinyclio.wordpress.com/)
Imagen 03: Marea Verde: protestas por las reformas universitarias. Fotografía de Juan Carlos Lucas (fuente: http://juancarloslucasphotography.blogspot.com.es)

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