La burbuja de la participación ciudadana*

May 7 •

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“Al problema de la pasividad ante el espectáculo se le añade hoy una nueva problemática: la participación ciudadana como espectáculo. En tal situación, el ciudadano, más allá de su posición de mero observador, será permanentemente invitado, interpelado o convocado […] a 'participar' a través de mecanismos que no hacen sino encausar las posibilidades de intervención ciudadana hacia ejercicios de acompañamiento y aval […], blindando de este modo el ámbito de la toma efectiva de decisiones” 

Henri Lefebvre, La producción del espacio (1974)

No queremos espantar a nadie con una cita sesuda al inicio del artículo, pero Henri Lefebvre explicaba muy bien hace ya 45 años cómo la participación puede ser manipulada hasta en ocasiones vaciarla de intención y sentido. Así, casi medio siglo después, vemos como las palabras del filósofo y sociólogo francés resultaban proféticas: en los últimos años la participación ciudadana ha pasado de ser anecdótica a convertirse en completamente omnipresente y hasta saturante, y finalmente, ha acabado por vaciarse de contenido, como ya le ocurrió a la sostenibilidad. 

La historia de este auge es muy sencilla. Una década (1996-2008) de desaforada construcción y ocupación de suelo dio paso a otra década (2008-2017) de profunda crisis socioeconómica e inacción edificatoria. Aquellos desmanes y esta crisis originaron que la sociedad demandara mayor implicación en la transformación de la ciudad. 

Muchas administraciones públicas fueron respondiendo a esa demanda con mayor o menor convicción e interés. Sin embargo algunos errores de concepto repetidos una y otra vez han dado lugar a la actual situación de inflación y, a menudo, agotamiento que sufre el concepto y la disciplina:

(1) El primer error fue que muchas veces se estaba participando sobre una ciudad que ya no se estaba transformando, ni podía hacerlo -bastante lo había hecho ya durante la burbuja-. Con las arcas públicas vacías y sin intereses privados a los que responder, una buena solución para muchas instituciones fue organizar procesos de participación -a menudo baratos e inofensivos- sobre una ciudad estática. 

(2) Otro de los errores fue y sigue siendo confundir el fin con los medios. La participación se volvió un fin en sí mismo, y no el medio para conseguir la mejora del hábitat. Si bien es cierto que un proceso de participación puede ayudar a empoderar y reforzar los lazos sociales, es una herramienta que sin transformación real se vuelve inútil y frustrante. 

(3) Una consecuencia de esta confusión fue convertir la participación en un espectáculo, como ha venido ocurriendo también en Latinoamérica, y esto es peligroso porque este espectáculo puede ser, en ocasiones, inteligentemente aprovechado por instituciones para desviar el foco de los verdaderos problemas, o para hablar sobre temas secundarios, mientras las verdaderas decisiones se siguen tomando a puerta cerrada. 

(4) Y esto conllevó la disociación de la participación con el propio diseño, como si no hubiesen nacido como partes de un mismo fenómeno. Como si un diseñador que consulta a sus clientes su opinión dejase de ser diseñador para convertirse en encuestador. Como si preguntar para hacer bien tu trabajo no fuera algo básico en cualquier profesión, desde los tiempos de Patrick Geddes

(5) Existen además algunos errores recientes donde esta disociación se ha llevado hasta tal extremo que estamos llegando a votarlo todo, sin que haya nadie que calibre, ni diseñe la veracidad, necesidad o verosimilitud de aquello (¿Madrid puede ser 100% sostenible?). 

Como urbanistas trabajamos en la mejora de nuestras ciudades y territorios como fin, usando como medios, el diseño, el análisis técnico y riguroso, la perspectiva de otras disciplinas y la opinión de todas las partes interesadas.

El día que dejemos de confundir los medios con los fines y seamos capaces de integrar estos elementos de manera transversal en el proyecto urbano, habremos dado un verdadero paso hacia una nueva profesión. 


* Artículo revisado y ampliado según el  publicado en el blog de la Fundación Arquia, podéis leer el artículo original aquí.

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