Jugando en el equipo contrario

May 28 •

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Es complicado empezar un texto en el que la idea principal a sugerir, en estos tiempos de crisis, es que algunos arquitectos no deberían seguir trabajando, trabajar al menos en la línea tradicional de la profesión, la del proyecto-edificación.

Este sin duda no va a ser uno de sus esos textos aleccionadores e incluso ñoñamente idealistas de lo que a mi juicio, debería ser un arquitecto, muy al contrario, jugando ahora en el equipo contrario y desde la base de la pirámide profesional dentro de una obra (muy a gusto y aprendiendo muchísimo por cierto) la forma para ser un verdadero profesional se ve mucho más claro.

Recién levantado una de estas mañanas a las 7:15, y de camino a mi puesto de trabajo como jefe de obra, las veces de encargado de obra, las veces de ayudante arquitecto, las veces de arquitecto ayudado… , pero siempre en un puesto de trabajo en el cual puedo ver el otro lado del espejo, me desayuno a través de twitter, una noticia en la que se explica que cada arquitecto ha visado 15 viviendas por año de media desde los años 1983 hasta el 2007, cayendo esa cifra, a partir de entonces, hasta 4 viviendas.

Reflexión automática haciendo “la cuenta la vieja”: en mis cuatro años, más o menos, de titulado, alguien ha hecho mis 15 viviendas un año, y 12 más durante los otros 3 años de caída, es decir 27 viviendas más que yo. Teniendo en cuenta que tengo muchos otros compañeros que por no hacer, ni siquiera se han colegiado, hay alguien que ha hecho muuuuchas viviendas. Y además, las ha hecho muyyyyyyy mal, visto lo visto en el panorama arquitectónico español.

Ya todos conocemos algunas anécdotas o leyendas urbanas, alguna que otra muy cercana a la realidad. Por ejemplo, aquella que cuenta del arquitecto que no va a la obra nunca, o incluso que no sabe dónde está; dirección de obra que cobra, por supuesto. La anécdota del arquitecto que envía al calculista, otro arquitecto, un proyecto dibujado por 3 de sus “colaboradores arquitectos”, uno dibujó la planta de aparcamientos, otro los locales y el tercero las viviendas, cada uno de los cuales colocó los pilares en posiciones diferentes, con la consiguiente irritación del calculista. También es muy conocida la anécdota del arquitecto que no resuelve nada en obra, sin que esté presente el aparejador; o la del arquitecto que plotea sus planos de instalaciones o de detalles constructivos en papel de estraza para que al llegar a manos del constructor éste pueda envolver directamente con él los bocadillos de la dura jornada de trabajo.

Las anécdotas y los estereotipos siempre tienen una base de realidad, por mucho que estén deformados al final, pero les aseguro que estas anécdotas están basadas en hechos “muy reales” que siempre tienen como protagonistas a arquitectos cuya profesionalidad y saber hacer dista mucho de lo deseable, tanto para con su relación con la constructora y lo que es aún más importante, para con el cliente.

Con todo esto lo que quiero decir es, simplemente, que hay arquitectos, y arquitectas, que no están preparados para construir, no saben, no están lo suficientemente formados, no investigan, no se preparan previamente a la dirección de obra, no se asesoran si es que lo necesitan, o lo que es peor, no tienen un criterio definido o la capacidad de tomar decisiones. No quiero decir que se tenga que ser catedrático de construcción para entrar en una obra cualquiera, pero sí que debemos ser conscientes de las responsabilidades que tenemos, que no debemos dejarlo todo a un cierto aire de incompleto o rutinario durante la redacción del proyecto, o de improvisación durante la dirección de obra.

Y lo que más me preocupa de todo ello, creo que esta forma de trabajar por parte de algunos de nuestros colegas redunda en el colectivo.

Y de aquellos lodos… estos barros.

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