Asuntos personales.

Jun 11 •

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virginiaNo suelo escribir en este espacio sobre temas personales. Ni es el objetivo con el que inicié esta ciberaventura -mantener conversaciones sobre arquitectura, vivienda, urbanismo y suelo, eso sí, desde la izquierda- ni de natural me sale exteriorizar "cosas mías", temas personales, familiares, de mis amigos, mi entorno personal e intransferible. Será el carácter cultural de vasco, cerrado y autosuficiente, o serán los genes de mis antepasados castellanos, recios, secos y austeros. El caso es que no me suele dar por escribir sobre lo más mío, lo mío de verdad, lo que llevo más dentro y tiene más relación con mi yo íntimo, menos público y más personal.

Hoy voy a hacer una excepción. Tan excepcional -ahora me percato de veras- que he tenido que abrir una categoría nueva ("cosas mías") en el blog para archivar esta entrada. Resulta que una de las personillas que más quiero en este jodido mundo, a quien he visto nacer y crecer y, a pesar de la actual separación física, sigo teniendo en mi cabeza y en mi corazón, en mis SMS, en mi messenger y en mi skype a diario, se está examinando durante estos días de selectividad. Lo importante no es que para ella el multiexamen, como para miles de adolescentes, sea un calvario, un trago amargo y un esfuerzo extraordinario (ánimo, txiki, que todo pasa). Lo verdaderamente emotivo, para mí al menos, y lo que quería compartir hoy aquí, es el significado de tránsito entre la adolescencia y la madurez que supone este Rubicón institucional, este paso a la responsabilidad del adulto, a la universidad o a lo que sea. Y que de personilla, de animalillo irresponsable, pasemos a contar con ella como persona, hecha y derecha, adulta o asimilable. Y contar y descontar lo que desde el tiempo pasado, desde que la memoria echó a andar hasta este tránsito ha ocurrido, las canas que peinamos, las arrugas que lucimos, las primaveras que acumulamos bajo la lluvia.

Tempus fugit, colligae rosae, carpe diem y todo el monario de latinajos que se os ocurran y que aludan a la inflación temporal, a esa sangría cíclica que nos desangra el calendario vital. O séase, que el tiempo corre que se las pela, y antes de que te des cuenta, todos calvos, y tus niños se convierten en mayores, y tú en más mayor aún, más aún de lo que imaginaste que serías nunca, cuando pensabas que los cuarenta estaban en la barrera de lo soportable, en el umbral de la obsolescencia.

Lo único importante: que Virginia, que así se llama ella, la niña que ya no es niña, tenga un poquito más de suerte en los ejercicios que le quedan aún mañana y el viernes, y podamos celebrar su emancipación académica, su verano libre y feliz, de estudiante afortunada con el mundo por delante. Alguien que es capaz de jugársela en un examen de dos días, de marcar su futuro a cara de perro según se le dé el arte de convencer sobre su sapiencia en siete ejercicios abstrusos, siete, a un tribunal desconocido, es ya merecedor/a del crédito de adulto, de la consideración como responsable a todos los efectos. Digo yo.

(La foto data, ni más ni menos, que de la primavera de 1.991)

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