En un país en el que nos movemos en masa hacia un lado u otro, en el que los rumores son tenidos como ciertos y los datos oficiales se consideran poco fiables, es normal que tengamos tendencias exageradas en la economía, por encima o por debajo de la media europea.
Un ejemplo evidente se ha reproducido en el sector inmobiliario español de la última década, pasando de un impulso comprador irrefrenable a una espera sine die para adquirir una propiedad.
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